A
lo largo de nuestra vida pasamos por diferentes etapas. Las fases normativas
que suelen darse son: infancia, adolescencia, edad adulta, formación de la
pareja y convivencia, nacimiento de los hijos y paternidad, nido vacío,
senectud. Estas fases del ciclo vital
se diferencian en sus objetivos o tareas de desarrollo, habiendo momentos de
construcción de nuevas estructuras o momentos más estables. En los momentos de
transición el individuo toma decisiones que cambian la situación de la que parte.
El cambio que supone pasar de una etapa a otra puede provocar una crisis.
A
lo largo de este proceso, se van estableciendo múltiples relaciones, nuestra
forma de amar va cambiando. Se dan diferentes tipos de amor según nos vamos desarrollando. Desde el amor a una
madre (como Freud diría, complejo de Edipo), amor a la familia, a los iguales
(amistad), a la pareja (amor romántico), a los hijos…
En
el caso de la pareja, el amor también evoluciona. Desde la atracción que nos
lleva a elegir a una persona, la incertidumbre de la elección, la relación romántica,
de exclusividad, compromiso… ¡y la maternidad!
El
paso a la maternidad genera cambios a
varios niveles. El nacimiento de un hijo conlleva una crisis personal y de
identidad. A las dificultades de pareja (choque de la “cultura” y costumbres de
cada miembro de la pareja, familia de origen e historia personal), se le suman
las dificultades de ser padre (temores de cada progenitor, lucha de afecto en
el triangulo paterno filial y celos, cambian las reglas y las rutinas, aparecen
nuevas formas de socialización, aparece la familia extensa (abuelos), cambian
los ritmos y las responsabilidades, hay una nueva demanda de cuidados al hijo…).
A veces también aparecen problemas sexuales derivados (una mala recuperación
del parto, depresión, cansancio, ansiedad, desavenencias en la pareja, perdida de
la atracción, miedos y mitos sobre sexualidad en el postparto). Todo ello
implica una dificultad de la pareja para tener intimidad y tiempo a solas. Según
Stemberg el amor consta de 3 elementos: intimidad, pasión y compromiso. Cuando
hay hijos de por medio, la intimidad desaparece y con ella los momentos de
pasión. Al final queda el compromiso con el proyecto de familia, una decisión
voluntaria de amar a la otra persona. Para sobreponerse a estas dificultades
hay que esforzarse en enriquecer la vida conyugal. Potenciar los momentos de
pareja, las caricias cómplices, el vínculo y apoyo en las dificultades diarias,
sacar tiempo para hacer cosas juntos (con o sin niños) dirigidas a su propia diversión.
La pareja tiene que redefinir su relación intentando que siga siendo
gratificante, más allá de la maternidad.
¿Y
qué mejor excusa que éste San Valentín para buscar un momento de intimidad
conyugal? Os enlazo con una web que os dará ideas para caldear el ambiente…
