En muchas ocasiones decimos que
los niños deberían ir con manual de instrucciones, porque resulta complicado
entender algunos de sus comportamientos. Sobre todo cuando un bebé no para
de llorar y lo hemos probado todo… Lamentablemente no hay fórmulas mágicas
para entender a los bebés, ni manuales, ni códigos. Pero la naturaleza,
que es muy sabia, nos ha dotado de una mente intersubjetiva con capacidad
empática. Si hacemos caso a nuestra intuición y nos paramos a observar a
nuestro hijo, terminaremos comprendiendo lo que nos pide a gritos. Sólo hay que
escucharle, incluso cuando no lo dicen con palabras. Antes de saber hablar, los
niños ya se comunican.
Watzlawick (1991) definía la
comunicación como el intercambio de información. Para él “toda conducta es
comunicación, no puede no haber comunicación”. De hecho, más del 80% de la
información que recibimos se obtiene de la comunicación
no verbal. La conducta influye en lo que se transmite y viceversa, lo que
se comunica afecta a la conducta.
Los últimos estudios
en neurociencia demuestran que los padres están química y
emocionalmente preparados para atender a las señales de su bebé, y los
bebés están biológicamente dirigidos a sus padres.
Ser padre requiere saber
comunicarse con tu hijo. El diálogo es una actividad social de gran
complejidad, los participantes han de compartir una serie de reglas que les
permitan regular este tipo de interacción, requiere una sincronización temporal
esencial. Estas formas de interacción privilegiadas suelen darse con
personas del círculo familiar, especialmente la madre. La madre es la
persona principal responsable del cuidado del niño durante los dos primeros
años de su vida, a la que pude vincularse afectivamente. Un pequeño
sistema social, coherente y atento. La comunicación madre-hijo se caracteriza
por lo siguiente:
- La interacción se rige por
los ritmos biológicos que condicionan la conducta del bebé:
atención-desatención, actividad-pasividad. Los cuidadores podrán anticipar y
adaptarse a estos ritmos.
- Son relaciones asimétricas:
es el adulto el que se adaptará al bebé.
- Son especiales: por su grado
de intimidad y por el lenguaje que se emplea (frases cortas, entonación y
gestos exagerados).
- Están en continuo cambio
porque van adaptándose a los logros y capacidades del niño y a las
características del adulto.
Aunque los bebés aún no hayan
desarrollado un lenguaje, no significa que no se comuniquen a través de los
sentidos. El conjunto de señales (visuales, olfativas, gestuales…) constituye
un repertorio de comunicación que es capaz de expresar emociones e intenciones
muy variadas. Es más, en bebés con autismo se observa un rechazo del contacto,
evitación de la mirada, ausencia de respuesta a las interacciones… esto
interrumpe y trastorna la interacción precoz con el cuidador, provocando un
sentimiento de malestar y fatiga en la madre que no sabe interpretar las
señales del hijo.
En el recién nacido también se
dan ciertas conductas que facilitan la comunicación madre-hijo. Los bebés de 2
a 4 meses son interlocutores activos del dialogo madre-hijo a través de las
mímicas. El fin de la comunicación será cuando desvíe la mirada por fatiga. El
bebé es capaz de comunicarse e influir en su entorno a través de las siguientes
vías:
-Llanto: la madre debe
interpretar a través de esta manifestación de displacer la necesidad subyacente
del bebé. La estructura física del llanto de un bebé transmite emociones y
activa representaciones en el adulto. Un tono agudo genera más ansiedad que un
llanto más grave. También se observa que los bebés enfermos lloran menos, tienen
unos sonidos más bajos, por lo que la madre debe estar más pendiente y atenta.
-Sonrisa: las primeras son
involuntarias y sirven de feedback para los padres y de refuerzo social. Hay
ciertas conductas en los bebés que son involuntarias, como la sonrisa mientras
duerme. Los adultos interpretamos estas señales, atribuyendo un significado que
guía nuestra conducta. Esta interpretación dependerá de nuestra historia
personal. En función de la atribución que se haga, se dirigirá determinadas
conductas al bebé que facilitaran o no el acercamiento y la interacción,
construyendo un mundo sensorial concreto para el bebé. Si la madre interpreta
la sonrisa como “me reconoce” y se alegra, se acercará más al bebé y el entorno
de estímulos que le proporcione será agradable.
-Succión: reflejo que permite
el amamantamiento y refuerza la relación madre-hijo.
-Seguimiento: los bebés
muestran preferencia visual hacia los estímulos que garantizan su bienestar
(caras de adultos, especialmente de sus cuidadores).
Para que el bebé se desarrolle
a través de un buen apego, es vital conocer las señales del niño y su forma se
comunicarse. Para ayudar al niño a organizar sus sistemas funcionales internos
primarios y afectivos (aprendizaje, y funciones psicológicas) es necesaria una comunicación continua a través del
contacto. Este intercambio se desarrolla desde la concepción (contacto
entre dos códigos genéticos), durante el embarazo (contacto entre feto y útero
a través del cordón umbilical), el nacimiento (contacto físico piel con piel) y
a lo largo de su vida: contacto sensorial a través de la rutina cotidiana y los
cuidados maternos, contacto sensoriomotríz (acción-reacción), contacto
psicológico (apego) y contacto social. El contacto empieza siendo simbiótico y
dependiente, y evoluciona hacia la independencia o separación. Para que un niño
pueda llegar a ser independiente de su entorno inmediato y de un feedback, es
necesario un contacto inicial que sirva de modelo externo. Si el ambiente
externo no es constante o la comunicación está crónicamente perturbada, aparece
una ruptura del contacto. Sin esa comunicación, el niño no será capaz de
establecer la permanencia y sólo podrá desenvolverse en ambientes muy
simples y estables.
Contactos anormales tempranos
pueden causar que el cerebro no se desarrolle adecuadamente. Lo más destructor
para el desarrollo temprano del sistema nervioso central parece ser la ausencia
de tacto (estimulación táctil) y de movimiento (estimulación vestibular) en las
experiencias de comunicación del bebé. Una inadecuada estimulación temprana
puede causar también una pérdida de desarrollo del sistema límbico (o cerebro
emocional) y falta de respuesta de la sustancia reticular. Ser mecido es
determinante para la capacidad de interacción social. Por ello es indispensable
dar a los niños estímulos táctiles y vestibulares adecuados en los dos primeros
años de vida.
En un estudio de Reide (1979)
en laboratorio se observó que aquellos chimpancés que carecieron de sus madres
durante 14 días en su primer año de vida, sufrían una perturbación crónica de
los ritmos cerebrales y de las funciones del organismo: electroencefalogramas
anormales, ritmos de respiración, de sueño, de alimentación y cardíacos
inestables, disminución de la función inmunitaria y mayor frecuencia de enfermedades
tempranas. Se convirtieron en adultos asociales con comportamiento inseguro,
temeroso, que reclamaban atención.
A nivel psicológico, la
permanencia del objeto se desarrolla a partir del contacto con la madre. De 0 a
6 meses la relación objetal se forma a partir de la reacción del niño a la
presencia/ausencia de su figura de apego (permanencia evocativa). Para
desarrollar la permanencia el contacto debe mutuo entre el infante y su
entorno, con una comunicación reciproca continua. Si no se desarrolla
adecuadamente el niño podrá volverse esquizoide y desorganizado en los
contactos afectivos íntimos, no establecerá límites entre sí y el entorno, no
se apegará, sólo responderá al contacto directo en el momento.
Otra forma de potenciar la comunicación
con un bebé es a través de la lengua de signos. Dar énfasis a palabra clave con
su signo correspondiente significa facilitar otra herramienta comunicativa al
niño. Tener un recurso previo al lenguaje les facilita
expresar sus necesidades y reduce la frustración.
Como ocurre en toda relación, según pase el tiempo os iréis
conociendo. Cuanta mas atención prestes a los gestos de tu bebe,
poco a poco iras identificando sus señales. Una vía que yo sugiero es a través
de masajes. Los masajes proporcionan momentos de interacción positiva para que
os vayáis conociendo, favorece el contacto y estimula su sentido del tacto y su
imagen corporal. No hace falta ser un experto, basta con que le acaricies y
disfrutéis del momento juntos. Caricias, besos, rozarle con algodones y telas
de diferentes texturas... o aprovecha la hora del baño para masajearle con
crema.
Y en caso de dudas, cuando no sepas que necesita basta con que le abraces con dulzura y paciencia, así le demuestras que le apoyas incondicionalmente. Muchas veces tu sola presencia les reconforta. La próxima vez que te dirijas a tu hijo ¡díselo con caricias!
