Cómo ser un buen padre

En esta entrada me gustaría dar seguridad a aquellos padres primerizos que no saben qué hacer. Muchos recurrimos a material sobre crianza con la esperanza de que nos den pautas para ser buenos padres. Si hubiese una carrera universitaria para graduarse en paternidad seguro que estaría llena. En su defecto leemos libros sobre qué hacer ante una rabieta o cómo dormir a nuestro hijo. O vamos a un psicólogo.

Hoy en día es muy común buscar a un experto que nos solucione algo que nosotros no sabemos hacer. Esto lo atribuyo a que nos encontramos inmersos en la sociedad del conocimiento. El ser humano ha evolucionado tanto que es capaz de hacer grandes descubrimientos, el saber crece diariamente, y disponemos de una inmensa cantidad de conocimientos. Basta con meterse en internet y navegar entre su infinito contenido. En cambio nuestra memoria es limitada y no podemos saberlo todo. Por eso nos especializamos en unos temas, estudiamos unas cosas y no otras, y vamos parcelando el saber. Y surgen los expertos, personas que saben mucho sobre un tema concreto. Así cuando tenemos una avería en el coche que no sabemos resolver vamos al taller, si nos duele una muela vamos al dentista, si queremos un corte de pelo vamos a la peluquera, etc. Siempre habrá alguien que nos pueda asesorar. Pero no olvidemos que la información que nos aporta es en relación a lo que sabe, pero no de lo que no sabe. Como ya he dicho no podemos saberlo todo, como mucho ser experto en algo concreto, lo que significa que no es una visión global ni absoluta. La información que nos de será valiosa en la medida que nos sirva para algo concreto. Es bueno informarse pero teniendo criterio para elegir la información que nos sea útil.

Cuando nace un hijo, estamos tan nerviosos y cansados que nos cuesta saber qué hacer. Es un momento de fragilidad e incertidumbre. Y cuando las cosas se complican tendemos a buscar la ayuda de alguien. Pero creo que nadie sabe más sobre un niño que la persona que le cría, que pasa los días (y las noches) a su lado, cuidándole, enseñándole. En mi opinión pedir consejo es arriesgado si lo seguimos a ciegas porque lo que le ha servido a una persona no puede extrapolarse a otras. Cada caso tiene sus particularidades, y la educación que quiere cada padre para su hijo es personal. Sin mencionar que algunos de los consejos que se dan a veces no ayudan en nada.
No hay que ser un experto en crianza para ser un buen padre, sólo hace falta amor y paciencia, el resto se va aprendiendo. Si conseguimos dejar a un lado los nervios y nos centramos en el bebé, terminaremos sabiendo lo que hay que hacer. Por algo se llama instinto materno, no es que las madres tengan un manual de uso si no que la empatía (que todos tenemos en mayor o menor medida) nos permite comprender cómo se siente otra persona. Esa sensibilidad nos ayuda a entender las necesidades del bebé sin que tenga que decírnoslo con palabras. Poco a poco se va perfeccionando. Con el tiempo los padres vamos conociendo a nuestro hijo y lo que necesita en cada momento, a medida que la relación cuidador-bebé se va construyendo. Y digo construyendo porque no es algo que surja de la nada. A través del contacto diario, de los cuidados y el afecto, se van conociendo uno al otro, se van acompasando los ritmos y se va construyendo el apego. La calidad del vínculo que forjemos con nuestro hijo sentará las bases de su desarrollo futuro.
Por eso dedicar tiempo a construir con tu hijo una relación que le enriquecerá a largo plazo es más fructífero que leer mil libros sobre crianza.